Nuestra Niña y Niño Interior

Cada etapa que hemos vivido está dentro de nosotros. Aunque seamos adultos todos llevamos dentro a nuestro niño interior, esta parte de nosotros que necesita ser amada incondicionalmente, sin que le pidan nada a cambio.

La infancia es la etapa en que el ser humano depende afectivamente de sus figuras cercanas de cuidado y apego, ya sea la madre, el padre u otro adulto significativo. Para el niño es muy importante recibir de ellas gestos y palabras de amor y aprobación que le aseguren que no importa lo que haga o diga siempre será querido y aceptado tal como es. En muchos casos la educación que recibimos en la infancia no repara en este aspecto y más bien pone el énfasis en aquello que debemos cambiar o mejorar para ser seres valorados y reconocidos.

Vamos creciendo e interiorizamos a nuestros padres (madre, padre,) y figuras de autoridad, los cuales se representan en nuestro interior como voces con las que dialogamos. Muchas veces repetimos aquellas voces que nos solían decir que no importa lo que hagamos no será suficiente, que los niños no lloran, que los valientes no tiene miedo, que no hay que ensuciarse, que jugar y divertirse es perder el tiempo, que descansar es cosa de vagos, que tienes que aprender a resolver las dificultades tú solo.

Cuántas veces como adulto recuerdas lo inteligente y brillante que eres, lo satisfactorio que es hacer lo que te gusta y darte tiempo para el placer, descansar, soñar, cuántas veces te recuerdas que te aman tal como eres, que si te equivocas no pasa nada, que puedes pedir ayuda y contar con los demás.

Sin darnos cuenta vamos creciendo con la idea de que hay aspectos de nosotros mismos que deben ser ocultados e incluso rechazados para cumplir con las expectativas externas, para encajar en esa imagen que creemos debemos dar. De esa manera aprendemos a desconectar de nosotros mismos, buscándonos en los demás, sintiéndonos confusos y perdidos en la vida. O bien nos aislamos levantando barreras en nuestras relaciones como forma de protección, que sin saberlo refuerzan la sensación de soledad e indefensión. Y así finalmente vamos por el mundo al decir de Joan Garriga (psicólogo y escritor) “como seres necesitados, buscando ser rescatados o buscando rescatar a otros para sentirnos valiosos e importantes”.

Te has preguntado alguna vez cómo es la relación con tu niño interior.

Al relacionarnos con nuestro niño interior con amabilidad y amor podemos escuchar realmente lo que necesita para sanar antiguas heridas.

Nuestro niño necesita sentirse protegido, cuidado, amado y respetado, para abrirse al mundo y explorar la novedad. Lo que no sabe es que estas necesidades no las van a resolver los demás en su vida adulta. Sino que es uno mismo quien puede sanar esas heridas.

Lo que ocurre muchas veces es que peleamos con esta parte de nosotros mismos, luchando para que se calle, para que nos deje en paz, para que desaparezca, negándole un lugar en la consciencia.

Mientras te pelees con él no conseguirás escuchar qué es lo que necesita de ti y estas necesidades seguirán apareciendo en los distintos escenarios de tu vida, con las personas que te encuentras. Al dejar de luchar (dejando de juzgarte, de enfadarte contigo mismo, o diciéndote lo que deberías hacer o sentir) te permites escuchar realmente lo que siente el niño y te será más fácil poder colaborar con él.

Por ejemplo, cuando sientas miedo advierte que es tu niño quien está asustado y observa cómo puedes hacer tú como adulto para ayudarlo a que se sienta tranquilo y confiado.

Al colaborar adulto y niño, se establece una relación de asistencia entre ambos y nuestro niño interior se vuelve más alegre, vital y seguro. Así le será más fácil jugar, reírse de sí mismo, salir a explorar su mundo exterior con libertad, lo cual hace que nuestras relaciones también se enriquezcan.

De esta manera el ser adulto se vuelve un ser más independiente afectivamente y las relaciones que establece no se basan en conseguir a alguien que nos complete y cubra nuestras necesidades, sino en elegir a alguien que nos acompañe y con quien compartir parte de nuestra vida.

Divertirse, jugar, bailar, dibujar y pintar, reír, integrar el sentido del humor en la vida cotidiana y la espontaneidad, son buenas prácticas para mantener a nuestro niño activo y despierto.

Artículo Publicado en la Revista Energía Vital nº 3

Leticia Cayota
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